Historia Canon de Reinfallen

I. El Origen

Al principio no existía el tiempo, ni el espacio, ni la medida. Existía la Luz: un estado absoluto de energía primordial, homogéneo y continuo. La Luz no iluminaba; era. Su naturaleza era expansiva, y en su desplazamiento dio forma al primer principio geométrico del cosmos: la dirección.

Allí donde la Luz avanzaba, dejaba tras de sí regiones de baja densidad energética. En esos intersticios, la vibración disminuyó, la temperatura ontológica descendió y surgió una condición inversa: el Vacío. No era ausencia, sino energía enfriada, una contraparte necesaria. Luz y Vacío comenzaron entonces a coexistir como polos opuestos dentro de una misma estructura.

Cuando ambos estados entraron en resonancia forzada, ocurrió la Primera Convergencia. La colisión liberó una explosión de magnitud incalculable, generando ondas de expansión que fracturaron la uniformidad inicial y dieron origen a las constantes fundamentales: materia, energía, espacio-tiempo y causalidad. El universo nació como una red geométrica en expansión, sustentada en simetrías imperfectas y equilibrios inestables.

Tras el evento fundacional, llegaron entidades cuya naturaleza no responde a categorías físicas ni espirituales conocidas. Son llamados los Progenitores o los Primeros. No se manifestaban como cuerpos, sino como voluntades conscientes capaces de intervenir en la estructura del cosmos. Observaron el universo joven, aún caótico, y determinaron que podía ser ordenado.

Para ello establecieron el Taller de Progenium, un plano de trabajo anclado fuera del continuo espacio-temporal, donde las leyes podían ser reescritas. Allí aislaron la fuerza que conecta toda forma de existencia: el Anima, entendida como la interacción entre energía física cuantificable y energía espiritual resonante. El Anima fue descompuesto, medido, recombinado y finalmente estabilizado.

De estas primeras configuraciones surgieron los Eters.
Fueron diseñados como entidades conscientes con arquitectura mental abierta, capaces de aprendizaje ilimitado y adaptación progresiva. Su estructura seguía patrones fractales, replicando en su mente la geometría del universo. Los Eters observaban, registraban y comprendían, pero no alteraban. Eran testigos del orden en gestación.

Con el avance de las experimentaciones, los Progenitores crearon a los Azsharys. Estos poseían una estructura más compleja, donde el Anima era canalizado activamente. A los Azsharys se les otorgó dominio sobre los reinos físicos y arcanos, así como sobre las fuerzas duales del orden y el caos, no como conceptos morales, sino como estados dinámicos del sistema universal. Su función era regular, corregir y mantener la coherencia del cosmos en expansión.

La última gran creación fueron los Aldrachis.
A diferencia de las anteriores, esta especie fue concebida para habitar plenamente el universo material. Portaban la Luz como principio vital y estaban destinados a ser vehículos de vida consciente. Su diseño integraba biología, Anima y resonancia lumínica, pero su desarrollo quedó incompleto.

Entonces ocurrió la Ausencia.

Los Progenitores desaparecieron sin dejar rastro, abandonando el Taller de Progenium y toda su obra. No hubo colapso inmediato, pero el equilibrio quedó comprometido. La desaparición de los arquitectos generó una discontinuidad en la administración del cosmos.

Las consecuencias fueron inevitables:

Los Eters, al no hallar a sus creadores y carecer de directrices finales, iniciaron un desplazamiento masivo a través del universo. Se dispersaron siguiendo trayectorias logarítmicas y rutas de mínima entropía, buscando cualquier señal que indicara el paradero de los Progenitores. Su viaje continúa.

Los Azsharys, conscientes del riesgo de una expansión descontrolada, asumieron una función que no les había sido asignada originalmente. Diseñaron el Protocolo Arca, un conjunto de principios para preservar y expandir la vida. Comenzaron a recorrer sistemas estelares, terraformando planetas, ajustando atmósferas, campos magnéticos y constantes biológicas para inducir el surgimiento de ecosistemas viables.

Los Aldrachis, privados de guía y propósito, quedaron expuestos a un universo hostil y desconocido. Obligados a sobrevivir, iniciaron un proceso de evolución prolongado. Su contacto con fuerzas físicas, arcanas y temporales los transformó con el paso de los milenios, fragmentando su herencia original y dando origen a múltiples linajes.

Así quedó establecido el fundamento de la existencia:
un universo nacido del choque entre Luz y Vacío, ordenado por entidades ausentes, sostenido por protocolos incompletos y habitado por seres que buscan sentido en un equilibrio que nunca fue definitivo.

Todo lo que existe en Reinfallen surge de este origen.
Todo lo que caerá, también.

II. El Protocolo Arca

Los Azsharys no actuaban como una civilización homogénea, sino como una estructura jerárquica diseñada para la administración del cosmos. En la cúspide se encontraba el Didacta, entidad rectora cuya función era interpretar las leyes universales emergentes y traducirlas en directrices operativas. El Didacta no gobernaba por autoridad, sino por comprensión total del sistema.

Bajo su guía operaban los Arquitectos, responsables del diseño, ejecución y supervisión del Protocolo Arca. Cada Arquitecto dirigía múltiples frentes de investigación: astrofísica aplicada, bioingeniería arcana, dinámica planetaria y resonancia del Anima. Los Llegados, estratos operativos inferiores, ejecutaban las tareas de campo: terraformación, estabilización climática, siembra genética y monitoreo inicial de los mundos intervenidos.

Entre todos ellos destacó Taldra, reconocida como la Arquitecta de mayor capacidad analítica y visión sistémica. Taldra comprendió antes que otros que el universo no era un sistema cerrado ni estable. Sus investigaciones revelaron la existencia de desgarros en el continuo espacio-tiempo, regiones donde las simetrías fundamentales colapsaban y permitían la filtración del Vacío.

El Vacío no se manifestaba como destrucción inmediata, sino como una constante universal asociada a la entropía extrema y al enfriamiento ontológico. Allí donde emergía, degradaba las estructuras energéticas del Anima, alterando la coherencia biológica y espiritual de los seres vivos. Las especies afectadas sufrían mutaciones irreversibles, pérdida de identidad y una progresiva disolución de la conciencia.

Los Azsharys combatieron estas manifestaciones mediante intervención directa, empleando campos de contención arcano-físicos y armamento de resonancia lumínica. Sin embargo, Taldra determinó que el problema no residía únicamente en las entidades corrompidas, sino en la contaminación sistémica del planeta mismo. Una vez que el Vacío alcanzaba cierto umbral de integración, la corrupción se volvía prácticamente imposible de erradicar sin comprometer la totalidad del ecosistema.

Fue entonces cuando Taldra propuso una solución radical.

Nacieron los Tremaculums:
infraestructuras colosales construidas bajo la superficie planetaria, integradas en cordilleras, placas tectónicas estables y nodos geomagnéticos. Cada Tremaculum funcionaba como un núcleo de gestión planetaria, encargado de múltiples funciones críticas: protección energética, monitoreo continuo, almacenamiento de datos astronómicos y mantenimiento de bases genéticas completas de todas las especies introducidas o surgidas en el mundo.

En su núcleo, el Tremaculum albergaba el protocolo más controvertido jamás concebido por los Azsharys: Nova Génesis.

Nova Génesis no era un acto de destrucción impulsiva, sino un procedimiento de reinicio planetario. Si los sensores del Tremaculum determinaban que la corrupción del Vacío había superado el punto de retorno, el protocolo se activaba. La totalidad de la vida del planeta era extinguida mediante pulsos de anulación bio-energética, diseñados para no dañar la estructura física del mundo.

Tras la extinción, el Tremaculum liberaba miles de drones autónomos, cada uno equipado con herramientas de reconstrucción: generadores atmosféricos, catalizadores oceánicos, sembradores genéticos y matrices de Anima estabilizada. La vida era replantada siguiendo patrones optimizados, ajustados con los datos recopilados del ciclo anterior.

Así, cada mundo perdido tenía una segunda oportunidad.

El Protocolo Arca continuó su expansión con una nueva certeza: la lucha contra el Vacío no garantizaba victorias permanentes, pero sí permitía preservar el propósito. Los Azsharys aceptaron que la creación no era un estado final, sino un proceso cíclico de ensayo, colapso y renacimiento.

Desde ese momento, el universo quedó marcado por una verdad silenciosa:
la vida podía surgir, caer y volver a levantarse…
pero el Vacío nunca dejaba de observar.

El siguiente capítulo se escribiría cuando esa observación dejara de ser pasiva.

III. Onahym, el Gran Semillero

Mientras el Protocolo Arca se desplegaba a través del universo observable, existía un mundo cuya estabilidad superaba todos los modelos predictivos conocidos. Aquel planeta fue denominado Freya. Su índice de biodiversidad, coherencia climática y equilibrio energético era excepcional, sostenido por una interacción precisa entre geología, atmósfera, campos magnéticos y una inusual densidad de Anima espiritual integrada al entorno.

En Freya surgió uno de los Primeros, conocido como Onahym. A diferencia de otros Progenitores, Onahym no centró su labor en la expansión ni en la corrección del cosmos, sino en el estudio profundo del ciclo de la vida y la muerte como procesos interdependientes. Sus investigaciones combinaron observación empírica, modelado arcano y análisis de resonancia espiritual a escala planetaria.

Durante su trabajo, Onahym detectó un fenómeno anómalo: Freya respondía. El planeta no solo albergaba vida, sino que manifestaba patrones de retroalimentación consciente. Cambios sutiles en la energía espiritual del mundo reaccionaban a los experimentos de Onahym, generando variaciones medibles en el Anima global. De este intercambio surgieron lo que pueden considerarse diálogos entre el investigador y el propio planeta.

A partir de estas interacciones nació la comprensión del Elemento Espiritual como una fuerza autónoma, no subordinada completamente a la materia ni a la energía arcana. De ese conocimiento emergieron los Loa: las primeras entidades feéricas registradas. Los Loa no fueron creados de forma directa, sino gestados por la resonancia entre la voluntad de Onahym y la conciencia latente de Freya.

Los Loa se convirtieron en los progenitores de los faes, la especie más abundante del universo. Los faes fueron diseñados como agentes de equilibrio, destinados a asistir la subsistencia de la vida en entornos hostiles y variables. Su estructura existencial combinaba biología adaptable, Anima espiritual elevada y una conexión directa con los ciclos naturales del cosmos.

A los faes se les otorgó una capacidad única: la trascendencia entre vida y muerte. Al cesar su existencia física, su conciencia no se disolvía. En su lugar, transitaban hacia un plano de autorregeneración, donde el Anima se reorganizaba y purificaba. Tras este proceso, los faes renacían en forma de semillas espirituales, reinsertándose en el tejido de Freya o en otros mundos compatibles, continuando así su función eterna.

Este mecanismo cerraba el ciclo vital sin pérdida de información espiritual, permitiendo a los faes acumular experiencia a través de múltiples existencias. El sistema resultante demostró una eficiencia sin precedentes en la preservación del equilibrio ecológico y espiritual, convirtiendo a Freya en un semillero universal de vida consciente.

Con el tiempo, Onahym, como otros de los Primeros, se ausentó. Su retirada no fue abrupta ni destructiva. Antes de partir, dejó en Freya su último bastión de investigación, un entramado de conocimiento integrado al propio planeta, capaz de operar sin supervisión directa.

Freya continuó funcionando.
Los faes siguieron naciendo, muriendo y renaciendo.
El equilibrio persistió.

Así, mientras el universo luchaba contra la entropía y el Vacío, Freya permaneció como una constante:
un mundo donde la vida no era un evento efímero,
sino un proceso eterno.

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